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Celebraran vida y obra del Monseñor Agustín Román en Miami

Este miércoles 3 de julio a las 6:30 PM se le rendirá un tributo a la vida y obra del Monseñor Agustín Román, conocido como el obispo de los cubanos, en el Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos (ICCAS) “Casa Bacardí” de la Universidad de Miami, localizado en 1531 Brescia Ave., Coral Gables, FL.

En el evento se darán a conocer detalles sobre la biografía de Román, la cual esta siendo escrita por el periodista Daniel Shoer Roth, quien estará presente en la charla.

Agustín Román fue quien abogo por la construcción de la Ermita de la Caridad, templo emblemático en Miami para todos los cubanos.

Un comunicado emitido por la Universidad de Miami apunta que “Román se convertiría en el padre espiritual de los cubanos exiliados y el primer obispo cubano en la Iglesia de Estados Unidos, quien fue un faro de luz que dio la bienvenida y ayudo a adaptarse a miles de refugiados que transformaron Miami cultural, política y económicamente”.

El religioso cubano nunca olvido sus raíces y frecuentemente se solidarizaba con los miembros de la oposición interna.

Para ver el comunicado original, hagan clic aquí.

#Cachita en Miami (Fotos, Video)

Como lo hicieron en la isla, miles de exiliados cubanos también rindieron tributo a la Virgen de la Caridad este 8 de septiembre de 2012 en Miami, participando en una procesión, una misa y un concierto que se efectuó en el American Airlines Arena del downtown.

Aunque fue la primera vez que el exilio celebra la fecha sin el Monseñor Agustín Román, se le recordó con alegría y el evento se desarrollo en un ambiente de gozo, aunque siempre recordando a los hermanos dentro de la isla quienes sufrieron persecución en este dia.

En el concierto a Cachita participaron artistas como Albita Rodríguez, Malena Burke, Hansel y Raúl, Carlos Oliva, y Roberto Torres.  En el siguiente video, todos los cantantes que participaron esa noche se unieron en el escenario, frente la imagen de la Virgen, para una descarga musical al son de la canción ‘Veneración’ del Trió Matamoros, con la famosa línea ‘si vas al Cobre…quiero que me traigas una virgen de la Caridad’.

En medio de la improvisación, cantaron “yo no quiero flores, yo no quiero estampas… lo que quiero es ¡Cuba libre!”.  Una oración compartida para Cachita.  Vean el video abajo, ¡disfrútenlo!

“Si lo que hacemos por Cuba no lo hacemos por amor, mejor no lo hagamos” – Mons. Agustin Roman

Mons. Agustin Roman

5 de Mayo, 1928 – 11 de Abril, 2012 

Aunque el siguiente texto es una lectura larga, vale la pena y es, además, muy importante.  Fue un discurso que dio el Monseñor Agustín Román en el 2006 en Miami sobre la importancia de la oposición interna cubana, esos valientes hombres y mujeres dentro de la isla que luchan por la justicia.  Y justicia es también lo que represento Román en sus 83 años de vida. Aunque ahora se nos ha ido físicamente, siempre guiara espiritualmente no solo a los cubanos exiliados, pero si no a todos los cubanos, hacia la libertad.  Su ejemplo fue uno digno de emular- un verdadero hombre de Dios, un verdadero católico, y un verdadero cubano.  No tenia miedo de decirle al mundo que sus hermanos dentro de la isla necesitan libertad, no tenia temor en decir que era un exiliado, y, además, no tenia temor en explicar el porque era un exiliado (fue expulsado del país a punta de fusil por la dictadura).  Agustín Román no vivía de odio o rencores.  Sin embargo, explicaba clara y directamente que luchando pacíficamente no era un signo de debilidad, si no un signo de gran fuerza y coraje. 

Yo tuve el privilegio de haberlo conocido una vez, y puedo decir que nadie le tenia que decir lo que estaba pasando dentro de Cuba.  El ya sabia.  Uso nombres de disidentes y dio ejemplos específicos.  En ese momento, activistas dentro de la isla estaban realizando una marcha pacifica bajo el lema de “Marcha  Nacional por la Libertad Boitel y Zapata Viven”, y el ya sabia todo estos detalles y bendijo los valientes esfuerzos de esos cubanos. 

 En el siguiente texto, Monseñor Agustín Román brevemente narra la historia de Cuba, subraya la valentía de un sinnúmero de cubanos que dieron sus vidas en aras de alcanzar la libertad, y explica el papel fundamental de la Resistencia actual, además ofreciendo su apoyo y solidaridad.    Por favor lean: 

La importancia de la actual disidencia interna en Cuba

INTRODUCCION

Hace apenas una semana celebrábamos la fecha del 10 de diciembre, aniversario de la proclamación por la Organización de las Naciones Unidas de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, documento que va creciendo en importancia con el correr de los años, porque en él se logró plasmar un firme reconocimiento de la dignidad de la persona humana sin limitaciones de raza, nacionalidad o creencia y sin limitaciones de tiempo y lugar tampoco, ya que el mismo es válido para todas las épocas y para todos los pueblos.

Claro está que siendo el enunciado de un organismo laico y supraconfesional, no hay en esa declaración referencia religiosa alguna. Sin embargo, a los hombres de fe y aún a aquellos que sin ser religiosos han seguido el desenvolvimiento de la raza humana desde sus albores hasta el presente, no nos es difícil encontrar el origen de los principios sustentadores del convencimiento de los seres humanos sobre su propia dignidad y los derechos a ella inherentes, en su relación con Dios, un dios que en casi todas las grandes religiones se muestra providente, atento a las necesidades de sus criaturas y poseedor de un claro sentido de lo justo.

Por otra parte, es un hecho histórico la importante participación que tuvo la delegación de la República de Cuba ante la Liga de las Naciones en 1948, en la redacción y promulgación de la Carta Universal, particularmente los Drs. Ernesto Dihigo, Guillermo Belt y Guy Pérez Cisneros.

Por lo tanto, para mí, por católico y por cubano, constituye un enorme privilegio que nuestra querida y respetada Fundación Padre Félix Varela, me haya invitado a compartir con sus miembros y amigos algunas reflexiones sobre la importancia de la actual disidencia interna en Cuba, ya que no podría tratarse este tema apropiadamente, sin relacionarlo directamente con la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Es bueno, pues, hacerlo ahora, en el marco de las celebraciones por el 58º aniversario de la proclamación y es urgente que lo hagamos, además, por las circunstancias especiales que enfrenta la nación cubana en estos momentos.

Gracias, pues, a la Fundación Padre Félix Varela por propiciar esta oportunidad de detenimiento y ponderación, que debemos aprovechar para mirar concienzudamente al pasado y al presente de nuestro pueblo, con el fin de aprender y entender lo necesario para que cada uno de nosotros pueda ser facilitador de un futuro en el cual ese inapreciable documento se convierta en guía de la convivencia entre cubanos. Si logramos eso, estaremos implementando en el campo de lo cívico, lo que el Señor anteriormente sintetizó en su mandamiento nuevo, como compendio de su doctrina: “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado”.

ANTECEDENTES HISTORICOS

El movimiento disidente dentro de Cuba es algo novedoso en sus métodos, pero se enmarca dentro de una tradición tan antigua como la historia conocida de la Isla a partir del descubrimiento: es la búsqueda de la justicia, algo que es equivalente a lo que hoy definimos como el respeto a los derechos humanos. Apenas comenzada la colonización bajo el mando de Diego de Velásquez, éste encontró la determinada resistencia de grupos de indígenas que, si tomamos en cuenta la naturaleza pacífica de los mismos, y la falta de coordinación entre diferentes tribus en aldeas aisladas entre si, la tenemos que calificar de notable, aunque condenada al fracaso desde el principio por la superioridad numérica y armamentística de los colonizadores. A aquellos taínos los guíaba la luz natural que hace al hombre diferenciar entre el bien y el mal.

A partir de entonces y aún antes de que fuera aflorando la idea de lo cubano como algo diferente a lo español, un fuerte concepto de la justicia se fue adueñando de segmentos cada vez más crecientes entre los habitantes de la “siempre fiel Isla de Cuba”, sometidos a las arbitrariedades de los representantes de la Corona, a tal punto, que todos los estudiosos de esta materia están de acuerdo en que fue eso precisamente lo que acabó por darle forma al criollo como ente distinto al peninsular.

Las tempranas rebeliones de los mineros de El Cobre y de los vegueros de Jesús del Monte en la primera mitad del siglo XVIII, la prédica de los hombres ilustrados que hoy identificamos como forjadores de nuestra nacionalidad como el Padre Varela, Luz y Caballero, Saco, etc., y las primeras conspiraciones e intentos separatistas, fomentadas casi siempre por criollos de alta posición económica, nos indican, además, que la aspiración a la justicia era compartida por hombres y mujeres de todas las razas y estratos sociales del país. Todo ello cristaliza en la Guerra de los Diez Años, a cuyo comienzo Carlos Manuel de Céspedes, después de apelar al “Dios de nuestras conciencias con la mano puesta sobre el corazón”, declara : “nosotros creemos que todos los hombres somos iguales, amamos la tolerancia, el orden y la justicia…” y se consolida más tarde, en la Guerra de Independencia, cuando José Martí resume el propósito de la misma diciendo querer que “la ley primera de la República sea el respeto de cada cubano por la dignidad plena del hombre”.

Más tarde, al paso de los 56 años transcurridos desde la instauración de la República hasta el 1º de enero de 1959, vemos que la aspiración a la justicia se acentúa y es motor del progreso social en Cuba. A su influjo surgen leyes populares, poderosos movimientos sindicales, agrupaciones políticas, instituciones educacionales, y obras sociales. Se logra, tempranamente, el reconocimiento al derecho de la mujer al sufragio, la jornada laboral de ocho horas, el concepto de pago igual por trabajo igual, etc. Males persistentes como la corrupción pública, la discriminación racial y las marcadas diferencias económicas entre el campo y la ciudad, encuentran siempre el rechazo ciudadano. La Constitución de 1940 y sus leyes complementarias, no siempre acatadas, van por el camino del logro de la justicia. El debate filosófico-político entre liberales, conservadores, marxistas. socialdemócratas, etc. es un debate encaminado a demostrar qué propuesta está más cerca de lo justo. La Acción Católica Cubana es, para mediados de los 50, una fuerza emergente que propone la Doctrina Social de la Iglesia como instrumento idóneo para esas aspiraciones.

Esas aspiraciones, centradas en demandas tales como la restitución del orden constitucional, el adecentamiento de la gestión pública, etc., son las que mueven a las grandes mayorías cubanas a apoyar la revolución que llega al poder el primer día de 1959. Esas mismas aspiraciones a la justicia son las que hacen que aquella euforia se desvanezca pronto, como burbuja de jabón, ante la torcedura marxista de la revolución.

Tan temprano como en noviembre de 1959, la Plaza Cívica de La Habana se llena de católicos que, al pie de la venerada imagen de María Santísima, Patrona de Cuba bajo el título hermoso de la Caridad del Cobre, claman a viva voz “¡Justicia social, sí; comunismo, no!”. Comenzaría entonces otra nueva y cruenta etapa de lucha para los cubanos, esta vez contra un enemigo desconocido en su crueldad y subestimado en su audacia. Pero, nuevamente el ideal de la justicia movió a los cubanos a un enfrentamiento heroíco y al mismo tiempo doloroso en extremo, como lo son siempre las guerras civiles. Sin calcular riesgos, ni medir posibilidades de triunfo, los que tenían “hambre y sed de justicia” se enfrentaban a un despotismo totalitario que no vacilaba en llevar a millares de compatriotas ante los pelotones de fusilamiento, y atestaba las cárceles. Los gritos de “¡Viva Cristo Rey!” fueron el testimonio mejor de la motivación justísima de aquella lucha, que tuvo episodios inolvidables en Playa Girón, en las montañas y llanuras de todo el territorio nacional y en los centros urbanos donde, de acuerdo a la mentalidad de los tiempos, a la tradición, y a lo que parecía ser lógico, se veía a la violencia armada como la única forma de llegar un día, paradójicamente, a la República que, junto con Martí, soñábamos cordial, “con todos y para el bien de todos”.

Para mediados de los 60, la magnitud de la represión, el apoyo del campo soviético a los represores, el abandono de los que creíamos aliados a los luchadores por la democracia y la complacencia de un mundo, muchos de cuyos dirigentes y pensadores creían fatalmente destinado a caer en la órbita comunista, aplastaron en Cuba la resistencia activa. El éxodo por Camarioca, en 1965 y los subsecuentes “Vuelos de la Libertad” darían la estocada mortal al valeroso y sacrificado clandestinaje cubano.

Continuó, sí, la callada resistencia individual del obrero que rompía su maquinaria, del desesperado que pintaba un letrero, o de la anciana que, no obstante las consecuencias, iba a la Iglesia.

Así, hasta el 28 de enero de 1976. Si hubiera que ponerle fecha al comienzo de la disidencia activa dentro de Cuba, tendría que ser ésta, día en que se constituye, más o menos difusamente, el Comité Cubano pro Derechos Humanos, fundado por Ricardo Bofill y un reducido grupo de colaboradores.

No que antes de esa fecha no hubiera habido disidentes. Los hubo, muchos y muy destacados, como el presidente Manuel Urrutia, el primer ministro Miró Cardona y los comandantes Húber Matos y Pedro Luis Díaz Lanz, sólo por citar unos pocos entre los muchos que, en su momento, denunciaron de palabra o de obra, la entraña marxistoide del castrismo. Pero estos terminaron en prisión o en destierro, mientras otros muchos, como el inolvidable Porfirio Ramírez, murieron en lucha desigual en las montañas de Cuba. Los cubanos no habíamos descubierto todavía la viabilidad de la lucha pacífica como instrumento de liberación.

Subrayando su pertenencia a la histórica lucha del pueblo cubano por la justicia, el Comité Cubano Pro-Derechos Humanos sale a la luz en el aniversario del nacimiento de Martí y cita al Padre Valera como uno de sus inspiradores en su documento fundacional. Es la misma lucha, pero es atrevidamente diferente: se busca la justicia, pero por medios pacíficos. Se introduce en la historia de Cuba el concepto de la resistencia cívica no violenta. Se toma como arma la verdad, poniendo en práctica, en el campo cívico, lo que la Escritura propone en el campo espiritual: “la verdad os hará libres”. De ahí su importancia en aquel momento y su trascendencia para el futuro de Cuba.

La Ermita de la Caridad en Miami, obra de Agustin Roman

Hay que destacar que durante todo ese tiempo, antes y después del surgimiento de la disidencia interna activa, el exilio fue, y lo sigue siendo hoy, el “otro pulmón” de la lucha del pueblo cubano por la reivindicación de sus derechos, la “otra trinchera” donde se ha resistido desde el primer día, con posibilidades y sin ellas, con aciertos y errores, pero con enaltecedora fidelidad, los intentos del totalitarismo de hacerse permanente en Cuba. La casi totalidad de los dirigentes de la disidencia interna reconocen, además, que sin el apoyo de los exiliados, a ésta no le hubiera sido posible llevar a cabo su labor, y ni siquiera sobrevivir.

EL GRANO DE MOSTAZA.

Lo que comenzó por aquel escuálido Comité Cubano Pro-Derechos Humanos, que muchos calificaron de quijotesco, es en el presente una fuerza notable por su valentía, su determinación y su autoridad moral. No es un movimiento multitudinario, pero es el más numeroso de cuantos han existido en cualquiera de los países que estuvieron sometidos al totalitarismo comunista en todo el mundo.

Es, además, muy diverso, pues incluye en sus filas a cubanos y cubanas de todas las capas sociales del país: médicos como el Dr. Oscar Elías Bisset, ingenieros como Oswaldo Payá, abogados como René Gómez Manzano, economistas como Marta Beatriz Roque, poetas como Regis Iglesias, educadores como Roberto de Miranda, filósofos como Jaime Legonier, ex-militares como Vladimiro Roca, campesinos como Antonio Alonso, sindicalistas como Carmelo Díaz, amas de casa como Berta Antúnez, simple gente de pueblo como los hermanos Sigler Amaya y tantos más.

Entre ellos hay blancos, negros y mulatos; católicos, protestantes y santeros; liberales, conservadores, democrátas-cristianos, socialistas y de toda otra denominación política no comunista. Y los hay desde el extremo occidental de la isla, como el Partido Pro-Derechos Humanos, en Guane, hasta el extremo oriental, como el Movimiento Jóvenes por la Democracia, en Baracoa.

A su sombra y con su impulso ha renacido en notable medida la sociedad civil de la nación: periodistas, bibliotecarios, cooperativistas, asociaciones de profesionales, campesinos, obreros, artistas, intelectuales y discapacitados independientes, entre otros.

Han alcanzado reconocimiento internacional a muy altos niveles, como lo atestiguan importantes premios por la promoción de los derechos humanos otorgados a diferentes activistas por la Unión Europea, organizaciones no gubernamentales y otras instituciones de distintos países. Lo que es más importante, cada día ganan más respeto entre sus conciudadanos.

Es de notar, además, que en Cuba, como en ninguna otra parte, se han borrado diferencias semánticas que tuvieron importancia en el pasado. Hoy en día, en el contexto cubano, opositor y disidente son sinónimos, pues bajo la clasificación de “disidentes”, “disidencia” o “la gente de los derechos humanos”, como los llama la generalidad de la población, se incluye a personas como Oswaldo Payá, por ejemplo, que nunca perteneció a las filas del régimen, y a otros que creyeron por mayor o menor tiempo en el espejismo de la revolución.

Se puede decir, pues, que la disidencia interna actual es un vívido muestrario de toda la nación cubana y que es, hoy por hoy, el más importante agente de cambio dentro de la isla. Se cumple en ella la parábola del grano de mostaza, pues de una semilla pequeñísima ha surgido un árbol corpulento. No sería prudente exagerar su importancia en cuanto a la correlación de fuerzas con la dictadura, pero tampoco lo sería ignorar su potencial como probable canalizadora de las ansias de justicia, ahora generalizadas a nivel popular, que le dieron origen cuando esas ansias eran expresadas por unos pocos solamente.

No tiene la disidencia una articulación eficaz en todo el territorio cubano, pero creo que no es exagerado decir que muestra ya la capacidad de, llegado el momento y con la ayuda adecuada, poder, junto a otros organismos independientes, religiosos y fraternales, ofrecer respuestas perentorias a las incertidumbres, la inestabilidad y el desorden inicial que inevitablemente acompañan a todo cambio significativo en una sociedad anteriormente totalitaria.

En resumen, ya que el tema ha surgido: si me preguntaran a mí cuál es la verdadera importancia de la actual disidencia interna, yo diría que lo es el habernos revelado a los cubanos la posibilidad de desterrar la violencia de las luchas políticas y la efectividad de los métodos no violentos en la búsqueda de la justicia.

Cuba heredó antiguos conceptos que indicaban que la única manera honorable de resolver los agravios y conflictos era a través de la sangre, no obstante lo evidente que hoy resulta que vencer por la fuerza quiere decir que se es más fuerte o se está mejor armado que el otro, pero no necesariamente que se está en posesión de la razón o del derecho. El enfrentamiento físico o armado se convirtió, erróneamente, en la única prueba aceptable de la valentía y el honor.

Esa mentalidad que enfrentó ferozmente a los españoles y a sus hijos cubanos cuando estos reclamaban justamente su independencia, continúo primando en la República, y así vimos como patriotas que ganaron en la manigua méritos incuestionables, se enfrentaron después entre sí con igual violencia por disparidades políticas o ambiciones de poder, dándole a nuestra historia como nación páginas tristísimas, como lo fueron, entre otras, la muerte de Quintín Banderas en tiempos de Estrada Palma, los enfrentamientos raciales y veteranistas durante el gobierno de José Miguel Gómez y los excesos del gobierno y la oposición en épocas de Machado.

No se trata de querer juzgar por parámetros modernos, y a la luz de experiencias que ellos no tenían, a personas que actuaban de acuerdo a la cultura de su época y a lo que habían aprendido como bueno y honorable, y a los que, por otra parte, tanto bien debemos. Se trata de entender desapasionadamente una nefasta y contraproducente tradición de violencia que hacía que las rivalidades y los agravios pasaran de generación en generación, sin posibilidad de solución. Siempre quedaba alguna deuda por saldar, y se saldaba con sangre, sangre de hermanos.

Junto a esto hay que aclarar que nada de lo dicho implica que se pueda condenar a un pueblo si en un momento determinado se ve forzado a recurrir a la violencia en una situación extrema, como se recurre a veces a una amputación para evitar la muerte, máxime cuando la obstinación de los opresores cierra las puertas a todo otro intento de solución. Los pueblos, como las personas, tienen derecho a defenderse de la agresión. Ese recurrir a la violencia no deseada, tiene, sin embargo, que ser impuesto temporalmente por las circunstancias, y no ser una opción favorecida, ni mucho menos una práctica o método de lucha justificable de por si.

Mons. Agustin Roman durante la construccion de la Ermita, Miami

El síndrome de violencia que marcó nuestra República y al cual me refería anteriormente, ha tenido su expresión más cruel en el presente régimen. Nunca podremos olvidar a los fusilados, a los torturados, a los caídos en combate, a los asesinados mientras trataban de escapar de la isla. No podremos ni debemos olvidar la vivencia del miedo, el Calvario heroíco del presidio político, ni el horror de los actos de repudio. Es precisamente por respeto y gratitud a los caídos y a lo que hemos sufrido todos, que tenemos que luchar porque sus nietos y los nietos de todos los cubanos del presente, puedan vivir una Cuba diferente a la nos tocó vivir a ellos y a nosotros. Una Cuba donde los problemas se resuelvan “entre cubanos”, en armonía y civilidad, no por la imposición de unos sobre otros. Una Cuba, por fin, “donde la ley primera de la República sea el respeto de cada cubano a la dignidad plena del hombre”.

Las conductas y los métodos que hundieron a Cuba y la mantienen sometida hasta el presente, no son los que la van a salvar. Asumir la ingrata tarea de tratar de acabar con el pesado legado de la violencia es el mérito mayor de la disidencia, porque, de lograrse sería un inestimable bien para Cuba, no solamente para hoy y para nosotros, sino para el futuro, para los que vienen detrás.

Concretando, yo diría que la mayor importancia de la disidencia interna actual en Cuba, radica en que ha probado que la acción política puede ser coherente con lo que la conciencia sabe y es que la fuerza de la razón es, y debe ser, más poderosa que la razón de la fuerza.

CONCLUSIONES.

De todos es sabido que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Creo que solamente esos podrán tratar de negar la importancia de la actual disidencia interna en Cuba, pero, si hiciera falta un testimonio convincente al respecto, me parece que ninguno mejor que el de la propia dictadura: si esos opositores no representaran un desafío real al régimen, ¿por qué entonces reprimirlos con tanta virulencia?… ¿por qué encarcelarlos?… ¿por qué tratar de desprestigiarlos constantemente?

A los escépticos habría que recordarles que si bien el resultado final que busca el pueblo cubano no ha sido obtenido todavía por los disidentes ni por nadie más, ellos han demostrado que la resistencia cívica no violenta es capaz de poner en jaque al totalitarismo, como sucedió en 1996 con Concilio Cubano, en el 2001 con el Proyecto Varela y en el 2003 con el fermento oposicionista que provocó la “primavera negra” de ese año, todo lo cual indica que existe en esos métodos el potencial de desencadenar el cambio definitivo.

Y al llegar a este punto, es claro que lo lógico sería que todos los cubanos, tanto los de la isla como los del destierro, nos preguntáramos ¿qué podemos hacer para ayudar a la disidencia?… Nosotros los exiliados debiéramos preguntarnos qué hacer para, entre ellos y nosotros, imprimirle toda la efectividad posible a la legítima lucha por la liberación de la patria común.

Altar y mural dentro de la Ermita

Yo no podría ofrecer fórmulas políticas ni estrategias de acción, porque yo no soy un político ni un estratega. Yo soy un sacerdote cubano, un simple pastor de almas, y como tal, sólo pudiera referirme a lo que he aprendido a la luz del Evangelio, recordar lo que algunos de nuestros grandes pensadores han indicado y recomendar que no olvidemos la probada sabiduría de nuestros guajiros, eso que hoy llaman el sentido común.

Les decía al principio de lo urgente de reflexionar sobre estos temas como lo hemos hecho hoy, debido a las circunstancias especiales que vive la nación cubana en estos momentos. Ese mismo sentido de urgencia debiéramos tenerlo en cuanto a los pasos que debemos dar. No soy yo quien pueda decir cuáles son esos pasos, pero, cualesquiera que fuesen, nos harán avanzar, y no retroceder solamente si los damos por caminos de virtud. ¨No hay patria sin virtud”, nos dijo el primero que nos enseñó a pensar y a mí se me ocurre que pudiera sugerir algunas de las virtudes necesarias para que nuestros pasos nos lleven a las metas del bien común, las que deseamos para Cuba:

1- Firmeza de principios y claridad en los objetivos. Hemos de estar conscientes de lo que queremos para Cuba: verdadera soberanía, estado de derecho y respeto a los derechos humanos. En esto se resume toda otra justa demanda como lo son, por ejemplo, la liberación de los prisioneros políticos, democracia, elecciones libres, procesos justos, etc. Hemos de poner por delante, además, nuestra no aceptación de fórmulas que pretendan impedir u obstaculizar el derecho de los cubanos a escoger libremente su destino o de propiciar la continuidad del presente sistema o de algo semejante, bajo apariencias de democratización, apertura o reformas.

2- Equilibrio. El ser humano es muy susceptible al apasionamiento que le hace perder claridad en su visión de las cosas. Los cubanos no somos la excepción de esta regla, todo lo contrario, por lo tanto, debemos recordar las sabias palabras del bien llamado Profeta del Exilio, nuestro inolvidable Obispo Eduardo Boza Masvidal. Nos decía él sobre esto, cito: “El equilibrio no es bailar la cuerda floja, sino es adoptar una actitud clara y definida que no pide nada prestado a nadie, sino que nace de una buena formación doctrinal y de un estudio desapasionado y objetivo de la realidad” Fin de la cita.

3- Unidad. Unidad en la diversidad, que es como tiene que ser, pero unidad firme, porque si siempre la hemos necesitado, hoy nos es imprescindible. No hay que explicarle a ningún cubano cuanto daño nos ha hecho la desunión. Ya es hora de separar el trigo de la cizaña . No olvidemos lo que el mismo Señor Jesús nos dice en el capítulo 12 de San Mateo: “Todo reino dividido será desolado y toda ciudad o casa dividida, no subsistirá”.

4- Prudencia y energía. El Siervo de Dios y artífice de la cubanía, el Padre Varela, recomendaba a los cubanos de su tiempo en sus “Máximas Morales y Sociales” no equivocar la debilidad con la prudencia, aclarando que ésta “indica al hombre lo que debe elegir, practicar y omitir en cada circunstancia”. Yo subrayaría esta máxima valeriana, recordando que lo primero que la prudencia indica es pensar antes de actuar. Varela señalaba también, en “El Habanero”, algo que parece escrito para nuestros días. Cito: “No es tiempo de entretenernos en acusaciones particulares, ni en lamentos inútiles. Lo es solo de operar con energía para ser libres”. Fin de la cita.

5- Justicia, verdad, perdón y reconciliación. Decía al principio que la causa de la disidencia interna, la causa de todos nosotros en fin de cuentas, es la continúa búsqueda de la justicia del pueblo cubano. Cuba clama justicia al cielo, la justicia es imprescindible. La verdad es complemento de la justicia y debe ser condición primera de nuestro quehacer y base firme de la sociedad. Cada cubano deberá reconocer la verdad de sus responsabilidades y errores si queremos entrar con limpieza en la Cuba nueva que anhelamos. Al mismo tiempo, la patria necesita igualmente del perdón y la reconciliación para poder tener posibilidades de futuro. Una sociedad que mantenga sus heridas permanentemente abiertas se condena a la continuidad de sus conflictos y elimina sus posibilidades de vivir en paz. Justicia, verdad, perdón y reconciliación no son términos excluyentes ni contradictorios. Nuestro muy recordado Papa Juan Pablo II, decía al respecto lo siguiente, en su mensaje por la Jornada Mundial de la Paz, el 1º de enero de 1997. Cito: “El perdón, lejos de excluír la búsqueda de la verdad, la exige. El mal hecho debe ser reconocido y, en lo posible, reparado… Otro presupuesto esencial del perdón y de la reconciliación, es la justicia, que tiene su fundamento último en la ley de Dios… En efecto –añadía el Pontífice- el perdón no elimina, ni disminuye la exigencia de la reparación, que es propia de la justicia, sino que trata de reintegrar tanto a las personas, como a los grupos, en la sociedad.” Fin de la cita.

6- Fe, esperanza y caridad. Lo más importante lo he dejado para el final, porque es lo que envuelve y posibilita todo lo demás. Fe en Dios, porque sin Él todo esfuerzo será inútil: “Si el Señor no edifica la casa, en vano se afanan los albañiles”, afirma la Escritura. Esperanza en Dios, porque de Él nos viene todo bien: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”, proclama San Mateo en su evangelio. Caridad, que es amor, a Dios y a nuestros hermanos, porque ya hemos visto en demasía los frutos del odio en nuestro pueblo. Caridad, porque es lo que Dios mismo quiso para nosotros, al enviarnos sobre el mar la imagen de la Madre de su Hijo amado bajo ese inspirador apelativo: la Madre de la Caridad, la Madre del Amor, Madre de la patria. Si lo que hacemos por Cuba no lo hacemos por amor, mejor no lo hagamos.

Si todos los que deseamos el bien de la nación, los de la importante disidencia interna y los del perseverante exilio nos armarnos de esas virtudes, seremos eficaces. Si asumimos el compromiso de no dejar que el personalismo o las pasiones las diluyan, habremos ganado. Si las mantenemos y contagiamos con ellas a todo nuestro pueblo, le habremos asegurado a Cuba un futuro feliz.

Quiero terminar con una expresión de lealtad, afecto y reconocimiento a la labor paternal de la Iglesia Católica en Cuba durante esta etapa tan difícil de nuestra historia. El 3 de febrero de 1959 vio la luz la primera pastoral conjunta de los Obispos cubanos, en la cual, centrados en el tema de la educación, aquellos pastores lanzaban ya demandas y cuestionamientos aplicables a todo el engañoso proyecto revolucionario que entonces comenzaba. Ya antes, solamente dos días después del triunfo de la revolución, el Arzobispo de Santiago de Cuba, Mons. Enrique Pérez Serantes, le recordaba al nuevo gobierno y al pueblo todo porqué se había luchado, diciendo: “Queremos y esperamos una República netamente democrática, en la que todos los ciudadanos puedan disfrutar a plenitud la riqueza de los derechos humanos” Fin de la cita.

A partir de entonces, los hechos, bien documentados además, nos muestran a esa Iglesia sufriente, hostigada unas veces más disimuladamente que otras, pero hostigada siempre, al lado del pueblo de Cuba. Esto tuvo, quizás, su punto más elocuente con la pastoral “El Amor todo lo espera”, de 1993, pero hay también una extensa y rica historia, que un día se conocerá en todos sus detalles, de la generosa, valiente y callada labor de la Iglesia a favor de los legítimos intereses y necesidades del pueblo cubano en estos tiempos. No es por gusto que los más sonoros gritos de “¡Libertad!” escuchados en Cuba en tiempos recientes tuvieran lugar en las plazas públicas durante la visita de Juan Pablo II en 1998.

Ratifico igualmente mi personal aprecio y respeto por la disidencia interna de Cuba y lo hago desde el corazón de un cubano sanamente orgulloso de ser exiliado, de pertenecer a este destierro comprometido con el destino nacional, lleno de hombres y mujeres de fe y de acción, cuyos méritos y virtudes no son siempre justamente apreciados. Cuando se pudo llevar a feliz término los motines carcelarios de Atlanta y Oakdale en 1987, recuerdo que la emoción me hizo exclamar aquel día que, si yo no fuera cubano, pagaría por serlo. Sin el menor asomo de prepotencia, con gran respeto para todos los pueblos del mundo, lo repito hoy: pagaría por ser disidente, pagaría por ser exiliado, porque uno y otro son lo mismo: cubanos, cubanos buenos, tratando de ser mejores.

Debo pedirles perdón por haberme olvidado del límite de tiempo, pero me pareció que las importantes alternativas que tenemos los cubanos ante nosotros en estos momentos, pedían estas consideraciones que he querido compartir con ustedes, aprovechando la invitación de la Fundación Padre Félix Varela, que nuevamente quiero agradecer. Quizás me faltó añadir entre las virtudes que necesitamos, la de decir más en menos tiempo. Pero ustedes, que son tan generosos, sabrán comprender, porque son cubanos como yo.

Muchas gracias a todos.

Monseñor Agustín A. Román

Obispo Auxiliar Emérito

Miami, 16 de diciembre de 2006 


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