Crónica de lo que significa ser un joven disidente universitario en Cuba

alejandro real

Les recomiendo a todos leer la siguiente crónica, publicada en ‘Diario de Cuba’, escrita por el joven disidente Rafael Alejandro Hernández Real, uno de los muchachos que cuestiono públicamente al funcionario comunista Ricardo Alarcón en el 2008.  Si alguna vez han pensado que lo que significa ser joven y opositor bajo el sistema totalitario de Cuba, Hernández Real, de 24 años de edad, lo narra desde sus experiencias:

Un mes y un día en la oposición

Son las diez y media de la noche. Mi esposa duerme en un banco de una terminal. Una mochila le sirve de almohada y un pulóver mío cubre su cara, obligándome a pensar que con solo 17 años prefiere no ver, quizás no despertar.

Yo utilizo como pretexto para no dormir la máxima martiana: “El sueño es culpa mientras falte algo por hacer”. Pero estamos agotados. Han transcurrido apenas ocho horas desde nuestra última detención, y un mes y un día desde que empezáramos como activistas de la Alianza Democrática Oriental (ADO).

Como joven enamorado que quiere recordar las fechas importantes vividas con su pareja, utilizo una libreta para tomar apuntes, y así, cronológicamente, llevo conmigo lo sucedido desde que me inicié como activista, de la mano de Rolando Rodríguez Lobaina, a quien conozco desde 2009.

Un par de entrevistas concedidas a los programas de radio “Barrio Adentro” (Radio República) y “Contacto Cuba” (Radio Martí) fueron mi bautizo. Quisieron entrevistarme porque fui uno de los estudiantes que en 2008 interpeló en la Universidad de Ciencias Informáticas al presidente del Parlamento, Ricardo Alarcón de Quesada, cuando terminó su conferencia sobre la importancia del voto unido. En un país con un sistema político unipartidista, donde históricamente el Estado ha llevado a cabo una política represiva contra los que intentan materializar el concepto de revolución, nada me podría sorprender.

Apenas un mes después de las entrevistas radiales me expulsaron definitivamente del Ministerio de Salud Pública, al cual pertenecía como trabajador del Hospital General Docente Octavio de la Concepción y de la Pedraja, del municipio de Baracoa. En un período de tres años y siete meses trabajé como Jefe del Departamento de Informática, sin ser cuestionado por ninguna indisciplina. Motivo de la expulsión: dos ausencias injustificadas al centro laboral, que aparecieron justamente a los tres días de mis intervenciones en la radio.

Camino a Guantánamo y a Santiago

A los pocos días, un amigo, mi esposa y yo, iniciamos una marcha desde el parque Hatuey, de la ciudad de Baracoa, hasta Guantánamo. Nuestra motivación era exigir libertad de expresión.

Salimos a las 2:30 de la madrugada, sin dinero ni alimentos. Caminamos más de 153 kilómetros comiendo guayabas, mangos verdes, y tomando agua de manantiales naturales. Llevábamos colgando del cuello, a la altura del pecho, un pedazo de cartón donde podía leerse: “Queremos libertad de expresión”.

Muy cerca de Imías, a las 10:30 de la mañana, fuimos interceptados en una comunidad conocida como La Chivera por un Primer Teniente y un Capitán de la Seguridad del Estado, quienes junto a otros oficiales nos detuvieron y trasladaron en una patrulla hasta la Unidad Municipal de Policía, donde nos quitaron el cartón con nuestro mensaje. Nos redactaron a cada uno un acta por alteración del orden público, y a las 9:00 de la noche nos pusieron en libertad muy cerca del parque donde iniciamos la marcha, no sin antes ser sometidos a interrogatorios por parte de oficiales de la Seguridad del Estado.

Estábamos nuevamente en Baracoa. Al menos no teníamos que preocuparnos por el dinero para el pasaje de regreso.

Pero al día siguiente partimos otra vez, esta vez en guagua. Rolando Rodríguez Lobaina, entre otros activistas de derechos humanos, nos esperaba en Guantánamo. Pasamos unos días paseando por la ciudad, con el temor de ser deportados y bajo la presión que ejercen siempre algunos vecinos, encargados por la Seguridad del Estado de vigilar e informar. Alguna que otra tarde jugamos dominó e intercambiamos ideas sobre nuestra lucha y los vericuetos de la democracia. Así pasó el tiempo, disfrutando de un privilegio que no pueden quitarnos, el de escoger a nuestros amigos.

Pasadas unas semanas nos encaminamos a Santiago de Cuba, pero nuestro jeep fue detenido a la salida de Guantánamo por la Seguridad del Estado, en el punto de control policial conocido como Río Frío. Sin ninguna explicación, fuimos trasladados a Operaciones, y se nos negó la posibilidad de saber qué sucedería con nosotros.

Conocí Operaciones tal y como me la habían descrito, un perfecto centro de tortura. Allí permanecí hasta el día siguiente, encerrado en una celda tapiada, de las que solo me sacaban para someterme a los interrogatorios que sufren todos los detenidos que se encuentran allí.

Me metían en un cuarto helado, para amedrentar el espíritu, y un graduado de la escuela de la contrainteligencia (G2), arropado hasta la copa del materialismo dialectico de Marx y Engels (para mí, fidelismo más que otra cosa), se encargaba de lanzarme preguntas suspicaces para comprobar hasta dónde estaba dispuesto a luchar o si aceptaría ser reclutado como chivato. Al día siguiente fuimos repatriados de nuevo a nuestra ciudad de Baracoa.

La represión

A los pocos días mi mujer se puso enferma y tuvo que acudir al hospital donde yo trabajaba antes de que me echasen. Los custodios no me permitieron entrar porque así lo había establecido la dirección del centro. Rogué, pero no hubo forma de que me dejasen pasar.

En esa ocasión no fui arrestado, pero sí a los pocos días, cuando participé en una marcha en homenaje al primer aniversario de la resistencia cubana. Guiados por el Coordinador General de la ADO, Rolando Rodríguez Lobaina, partimos desde la barriada de La Laguna junto a otros miembros de la oposición, gritando consignas antigubernamentales y exigiendo libertad plena para los cubanos. Pudimos caminar varias cuadras hasta que fuimos interceptados por numerosas fuerzas de la policía nacional y la Seguridad del Estado. Nos llevaron a la unidad de policía ubicada en La Punta, en la misma ciudad. Permanecí allí con otros activistas hasta el mediodía del día siguiente. Después supe que a los otros los enviaron a Guantánamo.

Además de estas acciones represivas he tenido que vivir la más cruel de las represiones, la de mi propia familia. Soy hijo de personas integradas al proceso castrista, mis padres son militantes del Partido, mi hermana pertenece a la Unión de Jóvenes Comunistas. Mis inclinaciones a favor de un cambio hacia la democracia en Cuba han creado fuertes contradicciones en el seno de la familia, hasta el punto de tener que irme a dormir en casas de amigos, estaciones de transporte, o incluso en la calle.

Lo mismo le ha pasado a mi esposa. Sus padres la echaron en seguida de casa porque no quieren tener problemas con el gobierno. Su madre es doctora y no quiere que suspendan su misión en el extranjero; con esa misión pueden arreglar algunas cosas del hogar.

No sé si voy demasiado rápido en esto de formar parte de la resistencia pacífica, pero lo que he vivido en este mes da una idea de lo tanto que han pasado todos aquellos que se levantan cada mañana, como yo, para arreglar este redil en el que nos obligan a vivir.

Para mas testimonios de jóvenes cubanos que han decido oponerse públicamente a la dictadura, les recomiendo ‘A pesar de todo: Jovenes de Baracoa’, un documental producido por ‘PalenqueVision’:

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